Alejandro Schneider, Los compañeros. Trabajadores, izquierda y peronismo, 1955-1973, Buenos Aires: Imago Mundi, 2005, 432 pp. ISBN: 950-793-045-0.
Los compañeros es un amplio estudio histórico sobre las luchas de la clase trabajadora argentina entre 1955 y 1973, centrado especialmente en la organización de base en las fábricas y las relaciones de poder de los trabajadores en el ámbito de la producción. Schneider analiza el período que va desde el derrocamiento de Perón en 1955 hasta las intensas luchas obreras de comienzos de la década de 1970 sin limitar su relato a la historia de las dirigencias sindicales; por el contrario, sitúa en el centro de su análisis a los delegados de fábrica, los cuerpos de delegados, las comisiones internas y las luchas cotidianas de los trabajadores de base. Desde esta perspectiva, la fábrica aparece como un escenario fundamental de lucha continua entre el trabajo y el capital en torno a los salarios y las condiciones laborales, pero también al ritmo de producción, la disciplina laboral y la organización de la producción.
El libro muestra que, después de 1955, los intentos de los sucesivos gobiernos y de los empleadores por racionalizar la producción y aumentar la productividad del trabajo requerían también limitar el poder de las organizaciones obreras dentro de las fábricas. Frente a ello, los trabajadores desarrollaron diversas formas de lucha, desde huelgas y sabotajes hasta trabajo a desgano y ocupaciones de fábricas, mientras que las comisiones internas y los cuerpos de delegados continuaron siendo una importante fuerza organizativa en los lugares de trabajo. Para Schneider, estas organizaciones no eran simplemente estructuras de mediación entre las dirigencias sindicales y los trabajadores; en determinados momentos fueron organizaciones de base capaces de actuar con relativa autonomía frente a los empleadores, el Estado e incluso las propias cúpulas sindicales.
Uno de los episodios más destacados del estudio desde la perspectiva del control obrero es la ola de ocupaciones masivas de fábricas de 1964. En el marco del Plan de Lucha de la CGT, durante mayo y junio fueron ocupados 11.000 establecimientos, con la participación de aproximadamente cuatro millones de trabajadores. Schneider atribuye el éxito de estas acciones no solo a la organización sindical centralizada, sino también a la experiencia acumulada por los delegados y las comisiones internas a través de las luchas anteriores. Las ocupaciones interrumpieron las relaciones disciplinarias habituales dentro de las fábricas, mientras que las reuniones permanentes y la distribución colectiva de las tareas generaron un “estado de asamblea”.
En algunas ocupaciones, los intentos de los trabajadores de mantener la producción en marcha poniendo en funcionamiento las máquinas hacen que estas experiencias resulten particularmente significativas para la historia del control obrero. Según Schneider, esta práctica no solo invertía la relación habitual de autoridad entre patrón y obrero, sino que también planteaba la cuestión de la propiedad privada y de quién tenía la autoridad para poner las empresas en producción. En las fábricas ocupadas, la organización de guardias, la autodefensa, la obtención y distribución de alimentos, la solidaridad y la toma de decisiones mediante reuniones permanentes dieron lugar, aunque fuera temporalmente, a formas de organización basadas en la democracia obrera directa.
Schneider vincula asimismo esta experiencia acumulada con el Cordobazo de 1969 y el posterior ascenso del clasismo. Particularmente en experiencias como SITRAC-SITRAM, la organización obrera de base fue más allá de las reivindicaciones relativas a los salarios y las condiciones laborales para cuestionar la organización técnica de la producción y la autoridad de la dirección empresarial sobre el proceso productivo. De este modo, las asambleas obreras, las comisiones internas y los cuerpos de delegados podían superar sus funciones defensivas y convertirse en vehículos de formas más radicales y alternativas de organización obrera.
Aunque Los compañeros no es, por tanto, un estudio dedicado directamente a la autogestión obrera, constituye una fuente importante para comprender las raíces históricas del control obrero y del poder de los trabajadores en las fábricas argentinas. El estudio de Schneider muestra que, mucho antes de la expansión de las empresas recuperadas después de 2001, la clase trabajadora argentina había acumulado un poderoso repertorio de lucha que incluía ocupaciones de fábricas, democracia de base, cuestionamientos a la autoridad patronal y, en algunos casos, la continuación de la producción por los propios trabajadores. Esta perspectiva histórica permite situar las posteriores ocupaciones de fábricas y experiencias de autogestión obrera dentro de una historia mucho más larga de lucha de la clase trabajadora.